Son ambiguas las impresiones que este corto tiempo ha dejado acerca del ámbito profesional que en algún momento elegí para desarrollar mi vida. Como lo señalan mis datos, soy Profesor en Historia con trayecto en Ciencias Sociales, título que obtuve en mayo de este año. En primer lugar, confirmé que realmente me gusta esta profesión; luego de años de estudiar y de permanecer medianamente ajeno al ámbito áulico (a pesar de las prácticas), es la regularidad en la asistencia a la escuela donde el docente ve afirmada o derrocada la pasión por lo que hace. Lo que disfruto sobre todo es la enseñanza de la Historia como una herramienta que permita el análisis de la realidad, tanto pasada como actual, en pos de la construcción de un mejor futuro. No tanto a la Historia como a aquel análisis es donde apunta esta bitácora, la cual, construida en base a mi experiencia personal, espero contribuya al entendimiento de situaciones generales a partir de lo particular.
Ahora bien, la otra faceta que descubrí sobre la docencia es mucho más oscura. Mi primer conflicto con otros profesores tuvo su origen en mi falta de adhesión a cualquier paro en escuelas públicas. No considero que ésta sea una forma de lucha, por lo menos no en San Nicolás, donde su modalidad es por demás conocida: la aceptación acrítica de cualquier directiva que descienda desde la cúpula de jerarquías sindicales típicamente peronistas que se apoyan, al tiempo que buscan, la pasividad de las bases. Es necesario no generalizar, ya que ciertamente una minoría brinda su adhesión a conciencia o milita con el mismo fervor en los sindicatos, pensando que el cambio puede realizarse desde adentro. Aunque sus esfuerzos sean fútiles, siguen siendo valiosos. Pero la gran mayoría se pliega al “paro matero”, donde la lucha queda opacada por el tranquilo placer que provocan las largas horas de sueño en la comodidad del hogar. Por otro lado, debe notarse que en las líneas anteriores hablé del paro en la escuela pública; no se sorprendan al escuchar que esos mismo docentes que hicieron de mi persona el objeto de sus críticas NO se adhieren a la huelga en escuelas privadas; en realidad nadie lo hace, por eso lo que destaco es la hipocresía de criticar a alguien por ir a trabajar a una escuela pública mientras todos trabajamos en privada ¿No es más sencillo dejar trabajar al que quiere hacerlo? Los docentes no tenemos un patrón al cual se pueda perjudicar paralizando la producción de la fábrica. Si paralizamos la educación, paralizamos el país. Lo peor es que lo que se detienen no son “las clases”, sino las clases en escuelas públicas: las aulas de estas últimas se vaciarán cada vez más, quedando llenas, cuando lo estén, de pobres con una educación de bajísimo nivel, mientras que las privadas, rebosantes de alumnos de clases medias y altas que puedan pagar por una buena educación, llegarán a su apogeo. El proceso que estamos viviendo, por tanto, es de polarización social, y llegará a su clímax, de mantenerse las cosas como están, en algunos años. Lo primero que podríamos hacer sería crear o recrear verdaderas formas de lucha: realizar asambleas, clases abiertas al público, informar al pueblo sobre las situaciones vividas, desnudar al poder político, pegándoles donde más les duele, ya que a estas alturas resulta obvio que la educación de las masas no es una de sus prioridades.
Pero fueron otras las experiencias que me llevaron a concluir que la docencia está infectada por la desidia. A esta última se la puede entender como “negligencia” o “falta de aplicación”, y es justamente eso lo que se comprueba al interiorizarse en ciertos ámbitos. Una salvedad es necesaria: esto no es así en todos lados; muchos conciben su trabajo como una verdadera profesión, a la cual aman y a la cual dedican su tiempo, preparando clases, perfeccionándose, intentando ser cada vez mejores en lo que hacen, simplemente porque es correcto y porque les gusta. Ahora bien, lo siguiente parte de tres experiencias que harán pensar lo contrario, pero en todos los casos es imperioso no tomar la generalización como una pauta a seguir.
Esas experiencias fueron tres suplencias realizadas en escuelas públicas: una en Historia, otra en Ciencias Sociales, otra en Geografía (por ahora podemos dar Geografía en ESB). Las tres comenzaron en agosto y se extendieron, por lo que fue un período donde pude mantenerme ocupado en tareas docentes que fueron gratificantes, sirviendo a la vez de aprendizaje. Ahora bien, cada una fue dejando sus sinsabores. En la primer clase de Ciencias Sociales tuve que ser testigo de cómo, entrando en el tercer trimestre, aún no se habían tocado contenidos de Historia (para que se tenga una idea, en la materia se da tanto Geografía como Historia antigua), siendo que lo normal, o sea, lo que a esa altura debería estar ocurriendo en todas las escuelas pero sucedía sólo en las privadas, era ir por Grecia o Roma, habiendo pasado por Paleolítico, Neolítico, etc. ¿La razón? Una profesora de Geografía a la que el sistema le permitió dar la materia, pero que muy probablemente nunca haya tenido el suficiente interés de investigar sobre historia antigua de otra forma que no fuera mirando History Channel. Pero otro incidente me aterró aún más: abrir el libro de temas el primer día de la clase de Geografía y descubrir que, siendo 28 de agosto, estaba vacío. Podría pensarse que la profesora había sido lo suficientemente haragana como para no ir anotando los temas que ella trabajaba en cada clase; sin embargo, la realidad superó a la imaginación cuando los alumnos revelaron que en el año no habían hecho nada…la haraganería de la docente llegaba hasta tal punto que no se había sentido con ganas siquiera de “dibujar” en el libro los contenidos que habría debido trabajar a lo largo del año. Lo terrible es ¿Y los directivos? ¿No hay nadie que controle a esta gente? ¿Qué pasa si en una fábrica el obrero, en vez de ir a trabajar cinco días, va tres, o en vez de trabajar ocho horas, trabaja cinco? Por lo obvio de la respuesta, elijo no contestar.
Pero lo peor estaba aún por venir. Fui profesor suplente en los tres cursos hasta el último día de clases “normal”, o sea, hasta que comienza el período de orientación para los desaprobados. En el curso de Historia me avisaron, el último día de clases, que la profesora retomaba para el período de orientación y exámenes. En el de Ciencias Sociales, que retomaba un día antes de que terminara la orientación; es decir, yo tenía que informar a los alumnos sobre qué tenían que preparar para un examen…que yo no iba a tomar ¿Sorprendidos? Bueno, en el de Geografía fui informado recientemente que la profesora retoma sus funciones el 23 de diciembre. Los esfuerzos de esos meses trabajando, planificando y dando clases, preparando y corrigiendo exámenes no serían suficientes, entonces, para disfrutar unas dignas vacaciones, permitidas por el austero salario que me habría correspondido de no ser por la decisión de estas trabajadoras de la educación que tan desinteresadamente retornaban a sus puestos.
Todo esto es a la vez causa y consecuencia de vivir en un país repleto de ciudadanos de “baja intensidad”, entendido aquí en un sentido un tanto particular: personas que tienen una abultada conciencia de sus derechos, a los cuales se apegan y defienden, pero no de sus obligaciones. A esta gente no le importan los alumnos, ni la educación, ni la escuela pública, ni el país, porque solamente pasan sus vidas buscando “zafar”. Y se me podría decir que el culpable de todo es el sistema. Pero no. El sistema es perverso, y es cierto que debe ser derribado, pero él, por sí mismo, no corrompe a las personas, sino que las lleva a un límite: las empuja hasta descubrir cuánta dignidad y ética profesional son capaces de sacrificar en pos del beneficio personal, hacia una línea que muchos cruzaron tan rápidamente que perdieron conciencia sobre si alguna vez siquiera existió.
Lamentablemente, estas actitudes no impregnan sólo el ámbito docente. Son muchas las líneas invisibles que confluyen hacia el mismo lugar. Flota en el aire a nivel nacional el malestar de unas clases medias que se sienten hartas al percibir que sus impuestos son devorados por un Estado que procura transferirlos, vía asignaciones y planes sociales, hacia el mantenimiento de los motores de la maquinaria política, personificada en los que no trabajan y cobran igual. Ya se ha visto en estos sectores un giro hacia opiniones y opciones políticas de derecha. La mismas opciones que claman a gritos aquellos docentes de los que se habló ¿Qué otra cosa piden éstos con sus actitudes, que un Estado con mayor autoridad, que los controle efectivamente para que puedan trabajar? La autoridad, la represión, el achicamiento del Estado, serán ideas con las que nos deberemos familiarizar nuevamente, sobre todo cuando la creciente “ola de inseguridad” se convierta en un tsunami que, alimentado por las hordas de adolescentes pobres, excluidos, monopolizadores de la escuela pública, inflame aún más los pedidos por mayor seguridad y leyes más duras que terminarán por empeorar absolutamente todo. Esto no es una apología. Es una alerta, y un llamado a que todos nos atrevamos a cambiar desde lo personal para poder lograr algo mejor.